Cultura y Arte

Certamen Literario Lucrecia Favot 2011: Epílogo

Por Gustavo Marcelo Galliano

 

Llegamos hoy al punto cúlmine del certamen. Los premios mayores.

La categoría “Cuentos Adultos” es personalmente, y sin que resulte ninguna preferencia por sobre las demás, la posee un sabor especial para mí. Por la sencilla razón que la narrativa es donde más cómodo me siento escribiendo, unos escaloncitos por encima de la poesía, y entonces tomo como natural que la lectura de estos cuentos tengan tinte, un carisma que me atrae hacia ellos.

Espero que los difruten tanto como yo, cuando tuve la difícil tarea de seleccionar. La disparidad de temas ha hecho más hermosa aún la aventura. Y en esa aventura de adentrarnos en la aventura mayor que ellos nos ofrecen, les pido que valoren el esfuerzo, la imaginación y el amor que han puesto los autores, para que nosotros, los lectores, gocemos con ellos.

 

ABELARDO NO ES UN NOMBRE
(Primer Premio / Categoría Adulto)

Por Trudy POCOVÍ / Ciudad de Santa Fe, Argentina

Abelardo es un nombre triste. No sé… es un nombre de color opaco, de olor a leche agria, a yogurt cortado. Más que eso, no es un nombre. No al menos un nombre digno.

Abelardo me recuerda a cuentos de dragones, a príncipes Adalbertos de inefables corceles blancos y malvados Godofredos, de risa siniestra y cita al dentista – porque caries de seguro tienen, digo,  por el aliento- que secuestran princesas siemprerubias, carilindas, delgadas, de pulcra sonrisa de ortodoncia perfecta y pies de muñeca plástica.

¡No!, definitivamente Abelardo no es mi nombre. No puede serlo. No me explico en qué pensaban mis padres al ponerse ese mote. Y el empleado del Registro Civil, ¡que poca solidaridad, m`hijo!, que descuido  o que cobardía. Cómo no advertirle a ese padre inexperto que Abelardo es un nombre triste, un sinnombre, un no sé qué, que no puede llevar un chico a la escuela primaria.

Porque hay que ir a la escuela primaria cargando ese nombre… ¡Abelardo…cara de nardo! … ¡Abelurdo… cara de bolurdo…!

¿Conocen Ustedes a algún Abelardo?

Yo sólo conozco uno, que ni siquiera me devuelve la mirada en el espejo. Con esa cara aburrida, con arrugas sin sonrisa, las cejas abatidas, los pensamientos sin molinos y sin vientos, todo gris, todo igual todo abelardado en un inconsistente intento por parecer otro, pretender ser un Josémaría o un Enríque, pero no,  todo es vano. Los ojos indefinidamente pardos y el gesto partido entre un puedeser y un masomenos. ¡Qué sé yo! Como un rictus contrahecho, un cuadro desclavado, como una foto vieja que pierde los colores y sólo queda en el centro un manchón amarillento con la expresión oxidada del muerto.

Eso. Abelardo tiene nombre de finado, de tatarabuelo incierto. De retrato olvidado en algún baúl de esos que llegaron en un barco cuando el país necesitaba poblarse de rudos entusiastas aventureros. Abelardo tiene nombre de historia antigua, de relato con bigotes y humo de pipa, a la luz de un candil amarillento o solo de un fogón extinguiéndose.

Pero no, Abelardo no es nombre para un niño. Tampoco para un joven. Él la ve… ella lo ve… ambos se sonrojan. La música de la pista de baile enreda unos pies con otros, las luces titubeantes retienen una caricia;  las sonrisas también bailan descocadas de la mano, la cintura es una tentación no asumida, y cuando las pieles se rozan, y el resto del mundo se vuelve una sombra difusa y distante, donde sólo son sus labios y tus ojos y ella pregunta: ¿Cómo te llamas? ¡ZAS!… la noche se desploma, se derrumban las estrellas, los acordes de la pianola resquebrajan el silencio y hasta la luna huye antes de morir de risa.

O suicidarse de venganza. En la pista no queda nadie. Salvo el infeliz de cara triste, Fred Astaire fracasado, abrumado por el peso de un nombre tan inconfesable.

No. Abelardo es un nombre triste, desolado, doliente, dolorido. No pretendan que lo use. Déjenme que me lo quite, no sé, con o sin anestesia, que me puede hacer un poco más de sufrimiento a esta altura de la vida. Debería permitirse la cirugía de nombres… ¡Por supuesto! Si se puede achicar una nariz o extirpar un lunar… ¿por qué no hacer lo mismo con el nombre?… ¡qué sé yo…! Abel sería soportable, es solo cuestión de partirlo por el medio. Un cortecito acá, otro más allá… ¿Qué?… ¿Qué suelte el cuchillo?… y entonces con qué lo corto. Hay que exterminarlo, ¿no entienden?, de una vez y para siempre, acabarlo, arrancarlo de cuajo para que no siga persiguiéndome hasta dejarme sin aliento.

Sí, sí… ya me calmo… Ven,  Abel es más tranquilo. Abel me resulta más tibio. Ligeramente dulce, suave al tacto aunque ligero y algo esquivo.

Se escurre entre mis dedos y se pierde en un aullido, como de sirena de ambulancia.-

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DESEOS DE VOLAR
(Segundo Premio / Categoría Adulto)

Por Alberto Martinena / Ciudad de Venado Tuerto, Argentina

Desde que el niño tenía uso de razón debió aceptar casi siempre el saludo de sus padres ya que por razones comerciales sus viajes eran continuos. Nunca le agrado le internado en ese colegio, aún siendo el más deseado por familiares de alto nivel social. Después siempre se turnaban en cuidarlo sus abuelos. Unos vivían protestando continuamente por el personal de servicio por las faltas de comportamiento en sus obligaciones. Al niño lo observaban que si comía así estaba mal, por las manos sucias, que si los zapatos no brillaban, bla, bla, bla… todos sus movimientos molestaban. Él nunca pudo reprocharle al abuelo que el olor a whisky le causaba asco, y a la esquelética abuela, la “Abu” así debía llamarla sin sentirle afecto alguno, daba repugnancia el hedor a tabaco que despedía hasta por los pelos, además las noches que despertaba sobresaltado soñando con esas manos de uñas rojas parecidas a garras de bruja sacudiéndolo como para desarmarlo. Los otros abuelos de la quinta del pueblo chico eran alegres, jamás faltaban golosinas después de cenar,  le dejaban algunas monedas en sus bolsillos, el abuelo le enseñaba cantos que no debía repetirlos en reuniones familiares, y los perros las veces que durmieron junto a su cama. En ese hogar estaba la dicha del niño. Reían cuando recordaban que le dieron unos pesos por varios dientes, que no se los trajo el “Ratón Pérez”, fue el quintero que perdió la prótesis y él la encontró jugando en el monte frutal… Pero sus padres viajaban continuamente.

Cuando adolescente, no importándole las buenas posibilidades comerciales que le propuso la empresa familiar, sin comentar que haría, se radicó en un carromato circense como ayudante en todos los trabajos que de mantenimiento que el espectáculo requería. Una noche tormentosa con chifletes ventosos calando los agujeros de la casilla uno de los payasos lo invitó para que compartiera la suya, era solo y sobraba espacio. La primera estadía conversaron sin que el reloj los apurara, la lluvia sería por unos días, lo aseguraba la dama de la “Bola Celestial” que predecía el futuro en uno de los tantos números circenses.

El joven cuando hacía el mantenimiento de la carpa solía paralizarse como hipnotizado ante el leve movimiento de los trapecios, eran juegos alados que siempre soñó, pero él no sabía desplegarlas… su compañero de casilla, conocedor de deseos imposibles aún los que se ocultaban, pronto lo recomendó a quien entrenaba al cuerpo de trapecistas.

Los payasos terminaron su primera entrada entre risas, aplausos y giros de luminarias. Pepinillo estrechó las manos con un ¡mucha suerte! al compañero debutante que después de años lo educaran para desplegar las alas en las alturas. La atlética talla vistiendo malla dorada se arrodilló para abrazar al consejero que lo amparó como papá en el mundo del circo. Ese ser tan pequeño de rostro maquillado sacaba fuerzas envidiables para seguir adelante sin volver la mirada, los fracasos fueron piedras que pateó lejos del camino; ahora el triunfo mayor estaba en la dicha que su hijo de corazón alcanzaba el sueño con “Águila Dorada”. El tiempo le trazó maravillosas habilidades, su figura ocupaba las grandes publicidades, en tanto su amigo perdía fuerzas en las rodadas payasescas, pero sonriendo conforme seguía aseando la nueva casa rodante. Ahí estaba su familia, más allá los praliné y el pororó que obsequiaba a los niños que no tenían una moneda.

En la ciudad de las grandes luces estrenaban carpa, música, colores y la invitación para el número central de trapecistas. A lo lejos desapercibidos relámpagos bordaban un horizonte tormentos. Los artistas absorbidos por el entusiasmo aseguraban que el mal tiempo llegaría acabada la función, además no había motivos para afligirse ya que la seguridad de las instalaciones era moderna. Pepinillo portaba un carro decorado con colorinches. Como acostumbraba en los debuts, regalaba praliné y pororó. Aplausos, rostros alegres demostraban que el espectáculo brindaba jerarquía.

Redoblantes y trompetas silenciaron al público. El maestro de pista quitándose el sombrero de copa y con halagos bien memorizados, invitó al rey de las alturas “Águila Dorada”. Los trapecios parecían sentir el vigor de esos brazos que siempre les agradecía el haberle podido convertir en realidad el sueño de volar.

Quizás por la sobria elegancia con que desplegaba sus alas, el viento huracanado de aquella tormenta lejana se alzó celoso… la oscuridad sorprendió a los asistentes, gritos y manos que se aferraban convirtieron todo en una danza dantesca.

Varios años pasaron de aquella función que quedó en el olvido. Un hombre recorría los jardines en soledad interior sin compartir amistades, muchos tenían tal comportamiento en la casa de reposo.

Cuando los atardeceres se apagaban solía balancearse en una rama como si jugara a volar; y el día que escuchó la propaganda de un espectáculo circense corrió sonriendo para ver el desfile que acostumbraban a presentar, pero era demasiado alto el paredón y sus brazos no tenían la fuerza necesaria, aquella caída lo derrotó. Los abuelos del pueblo chico ya no estaban para cuidarlo y sus padres aportaban los gastos que demandaba la asistencia del trapecista, además rara vez sobraba tiempo para visitarlo, los negocios importaban más. Cuando la lluvia sembraba desolación, el hombre murmuraba que ésta le debía la libertad y exigía que el viento lo alara porque su fuerza lo derribó…

Jamás supieron los enfermeros como ganó la calle ese ser tan tranquilo, que aún su presencia guardaba la talla muscular que de joven modeló.

Golpeó infinidades de puertas, en algunas lo atendieron ladridos de perros, en otras apenas veían el abandono que lo cubría le reprochaban las molestias causadas, negándole una ayuda. Sonreía con mirada llorosa y continuaba sin apurar los pasos. Murmuraba que una vez fue un joven alegre porque volaba entre trapecios y los aplausos lo emocionaban. Nadie lo escuchaba y menos le creían.

En el parque los niños sus juegos, otros juntaban praliné mezclados con pororó que por haber caído lo aprovechaban las palomas. Un hombrecito ayudado por un bastón ofrecía bolsitas de aromas tentadores, y si no había monedas ningún niño se quedaba deseándolas. El sol entibiaba la tarde, segundos de ensueño abrazaban al vendedor de golosinas, hasta que entredormido dudó si lo que observaba era realidad o un recuerdo… “Águila Dorada” no guardaba monedas y quería una bolsita… Pepinillo, conversó con su hijo de corazón que así lo consideraba desde aquella noche lluviosa cuando lo invitó al carromato. Las emociones se iluminaron como faroles que decoraban el parque. Caminaron lentamente tomados de las  manos hasta la pared del arenero donde los juegos mostraban soledad.

Un trapecio se balanceaba deseoso de partir como ave prisionera. Fuerzas apagadas renacieron y las alas de ese apocado ser se desplegaron jubilosas. Llamaba a la tormenta para demostrarle al traicionero viento que él volvió a ser “Águila Dorada” y que lo aguardaba un segundo trapecio muy alto…

Su rostro miraba al infinito estrellado, los pastos lloraban en rocío al trapecista. Quien lo adoptó como hijo acariciaba la frente rogando que no lo despertaran. El acróbata actuaría próximamente para un público muy lejano. Pepinillo besó sus manos que parecían más fuertes y en apagada oración rogó que lo esperara en la casilla que ya tenía en el cielo…

“Águila Dorada y el Payaso Pepinillo” pronto actuarán en el picadero celestial.

Los ángeles tendrán bolsitas con golosinas, el Buen Señor estará en la primer fila, degustando praliné, y los pororó serán para sus palomas…

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GARROCHA
(Tercer Premio / Categoría Adulto)

Por Alejandra BAYÓN / Ciudad de Venado Tuerto, Argentina.

Llegó agitado. Todo le decía que ese era un día clave. Tendría que demostrar sus habilidades delante un jurado especial.

Tomó la garrocha e cuanto llegó. Antes de que le tocara el turno, respiró hondo, trató de saltar mentalmente lo más lejos posible. En cuanto se sintió seguro, saltó.

Fue quien saltó más lejos, de modo que ya se veía con la medalla de oro.

Le llegó al jurado el turno de pronunciarse.

Cuando escuchó el dictamen, no podía creerlo: su nombre no figuraba entre los ganadores. Fue a reclamar. La respuesta sorprendió. Según el Jurado, lo que se evaluaba era el lapso de concentración y disturbio o la paz que generaba. Cuando le había tocado saltar a él, en los alrededores se habían producido tres accidentes, había habido disputas violentas entre los asistentes, y hasta dos miembros del jurado se habían trabado en feroz pelea, mientras que cuando se concentró el ganador, una bandada de aves surcó el cielo, en una temporada en que no se veían estos fenómenos; los asistentes se daban la paz, como si estuvieran en misa, y hasta las gaviotas que nunca se veían por aquellos pagos pasaron en vuelo rasante como si estuvieran en una playa.

Volvió, cabizbajo y marchito, a su casa, donde había dejado los libros de práctica, y se encontró con que no había luz y los artefactos eléctricos ya no funcionaban.

Aún así, no entendió.-

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EL PERRO Y EL VIGILANTE
(Primer Mención de Honor / Categoría Adulto)

Por Jorge Alberto Fantini  / Ciudad de Venado Tuerto, Argentina.

Al segundo día de trabajo descubro con asombro que en el lugar no había perros. Aquella tarde le pregunté al casero Pablo: ¿Cómo es que no tiene un perro en el medio del campo?… – Sabe Jorge que había uno, pero el pobre murió de viejo – y agregó, – ya me ofertaron dos carros y voy a traerlos.

Así fue como el día siguiente al tomar mi puesto me encontré con dos amigos nuevos. A uno lo llamó Jack y a su compañera la nombró Lola. Crecieron vigorosos y compañeros inseparables.

Pasaron los años, diecisiete, para ser más exacto. Hoy después de tres días de faltar regreso a mi puesto. El día no es bueno, algunos truenos y una fina llovizna hacen sentir sus lamentos. Perdí un hermano, pero la obligación manda en el tiempo y aunque el dolor te parta el alma y la tristeza se venga encima dominando tu estado emocional hay poco que trabajar. Ordeno mis cosas. Al llegar las palabras del casero me sacan de mi estado. – Buenas tardes Jorge, le tengo una noticia. Ayer ha muerto Lola, no sabemos que pasó- y agregó: -creo que fue de vieja- señalándome los eucaliptos. Acá le dejo la pala, estoy seguro que usted quiere hacerlo y sin decir más se fue a su casa.

Tome el útil y al llegar al cercano monte lo veo a Jack. Su postura derramaba tristeza. Comencé a cavar. Fue entonces que el fiel animal lanzó un aullido tan lastimoso que estremeció mi cuerpo. Después de tapar a Lola el perro refregó su cuerpo en mis piernas, lamió unas de mis manos como agradeciendo y se marchó.

A media madrugada, mientras leía, escuché rasguñar la puerta; al abrirla estaba él.

-Hola amigo, venís por tus masitas diarias-, se las dejé a un costado y agregué –sé que estás triste por Lola, yo estoy igual-, hablé en voz alta, total quien me iba a escuchar. Cuando me disponía a cerrar la puerta, escuché:

-Espere Jorge-, perplejo pensé ¿realmente eres tú o mi tristeza me está volviendo loco?. Para mi asombro volvió a hablarme.

-Amigo, entre nosotros podemos hacerlo una sola vez en nuestras vidas, solo debemos elegir con quien con quien y en que momento y yo he decidido. Después de Lola tú eres lo que más quiero y éste es el momento- y sin inmutarse por mi asombro, comenzó. –Con Lola formé una pareja, no pudimos tener hijos, no se si fue el destino o algo que nos hicieron de chicos. Tú tapabas la herida de nuestros sentimientos paternos-; Yo seguía perplejo, me estaba hablando.

-Quiero agradecerte por cada vez que habrías el paquete de masitas para que comiéramos, así como cuando nos abrías la puerta de la casilla en las noches de tormenta, para refugiarnos-, y siguió, -¿te acordás aquél día cuando mirabas asombrado como saltaba alrededor tuyo festejando sin entender que sucedía, solo te estaba agradeciendo el vendaje que le habías hecho a Lola en su pata, cuando viste aquél producto químico; realmente no estaría aquí si no hubiera sido por tu buena hombría; también agrego otros cuidados que recibimos de tu parte y que nos fueron ayudando a aliviar la vida. Más pasaban los años, más te fuimos descubriendo, por eso, tratábamos de devolverte tu bondad con nuestras bondades, festejábamos cada tarde tu llegada tratando de que te sientas acompañado.

Custodiábamos cada una de tus rondas dispuestos a cualquier choque inesperado. Vigilábamos cada ruido, cada movimiento, atento a tu llamado.

-Pero Jack ¿porqué me estás hablando en tiempo pasado?-

– Amigo, tu has perdido un hermano pero tenés un a compañera que te espera, tenés hermosos hijos  que sabrán calmar tu llanto, en cambio yo he quedado solo, mi corazón ya está viejo. Hemos pasado diecisiete años juntos y eso es mucho tiempo, además junto con Lola se me ha ido el espíritu. Ahora tengo que irme amigo-

-Espera Jack- dijo el hombre, -yo también quiero recordarte todo lo bueno que ustedes me dieron.

El perro volteó la cabeza y volvió a comunicarse. –Solo hazme el último favor, entiérrame junto a ella y así habrás pagado tu deuda-

-Pero Jack-, insistió el custodio con llanto caído. El perro tomó envión y apoyó sus patas sobre el pecho del viejo, comenzó a lamer las lágrimas que bajaban por sus mejillas. El fiel animal habló con el corazón mientras sentía acariciar su pelaje.

-¿Acaso no te das cuenta que está llegando mi momento, no llores más por favor, solo trata de entender que la vida tiene sus momentos y que todo ser viviente cuando entrega su espíritu pierde su lucha y el mío ya está enterrado con mi compañera. Nosotros siempre caminaremos contigo, aunque tú no nos veas, siempre te acompañaremos y ahora no le hagas a Lola más larga la espera. Por favor no olvides de enterrarme al lado de ella y separándose suavemente de su amigo el fiel animal, antes que el hombre pueda reaccionar se hundió en la noche para siempre.

El hombre cumplió su promesa. En la actualidad, cada vez que hay tormenta al viejo le parece escuchar aullidos y al mirar el cielo, cuando comienza a llover, nota como se mezclan sus lágrimas con las de sus queridos perros.-

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EL TIEMPO
(Segunda Mención de Honor / Categoría Adulto)

Por Ángela Gladys Grossi  / Ciudad de Chañar Ladeado, Argentina.

Esta es una historia sin tiempo, pero con mucho, mucho tiempo…

Había una vez un hogar, con un papá, una mamá, un abuelo y un nieto preguntón…

-¡Papá!, Papá!, ¡Qué es el tiempo?-

– El tiempo, hijo, son los momentos que pasan, los minutos, las horas, los días y hasta los años-. Contestó el padre y siguió arreglando el reloj grande con péndulo.

– ¡Mamá! ¡Mamá!, ¿Qué es el tiempo?

– El tiempo, hijo querido, es el paso contigo jugando, leyendo un libro o mirando juntos dibujitos- contestó la mamá y continuó cocinando la cena.

-¡Abuelo! ¡Abuelo! ¿Qué es el tiempo?

El abuelo se sentó cómodo en su sillón, se arregló la boina, sentó a su nieto en las rodillas, puso cara de pensar y respondió:

– El tiempo…, el tiempo, ¿sabes?, son muchas cosas a la vez; es este preciso momento en que estoy contigo, es el tiempo que aprovechamos para estar juntos y es esta historia que te relato ahora:

-“Hace mucho tiempo, pero mucho tiempo, en un país muy lejano, nació un niñito, dicen que era suave como el algodón. Nació en la pobreza, pero alegró el corazón de si mamá y su papá. El niño creció rodeado del amor de sus papás  y en el tiempo de ir a la escuela, como lo haces tú ahora, no pudo hacerlo porque en ese tiempo no había escuelas; todo lo que aprendió se lo enseñaron sus padres o los sacerdotes en la iglesia. Era un niño muy bondadoso que solía tomarse un tiempo para escuchar a otros niños, jugar y ayudar a su papá en la carpintería, igual que vos con tu mamá cuando le ayudas a preparar la mesa para la comida.

Ese niño se hizo grande, fue hombre, y… ¿sabes a que se dedicó? A tomarse el tiempo necesario para hablar con las personas, para escucharlas y poder darles buenos consejos, y aún hoy después de que pasaron muchos años, Él sigue con nosotros y continúa hablándonos, escuchándonos y aconsejándonos para que podamos vivir mejor en éste tiempo”.

-Abuelo, ¿tú te acuerdas del nombre de ese niño?

– Sí, pero deja que termine con la historia:

-“… Hubo un tiempo en que el niño se hizo hombre, y llegó el momento de dejar físicamente esta tierra. Él sabía que su tiempo aquí había terminado, pero se iba contento por todo lo que pudo hacer y todo lo que haría después. Hoy está acá, entre nosotros, está en tu corazón, en el mío y en  el de todas las personas…”.

-Abuelo, ya sé como se llama-.

-Claro que lo sabes, porque mamá y papá te hablaron de él-.

-Sí, y ahora es tiempo de ir a cenar. – dijo el abuelo dejando a su nieto en el piso.

– Vamos que la comida se enfría-

-Vamos. ¡Ah!, ¡Su nombre es Jesús!-, y fue corriendo a lavarse las manos.

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Queridos amigos lectores:

Seguramente han disfrutado de estos cinco cuentos breves. Podrán estar de acuerdo o no con el orden que la trilogía del jurado les ha otorgado. Pero lo maravilloso es que han podido disfrutar de letras de autores que provienen de lejanos lugares, como yo también. Autores que padecen (padecemos) incontables traspiés para publicar nuestros escritos. Por ello quiero agradecer enormemente a Rossana y a Frank por esta oportunidad que nos han brindado, publicando los textos del “II Certamen Literario Lucrecia Favot”. Y desde ya los comprometo a que publiquemos a quienes este año participen y resulten premiados del III. Sé que en su bondad y su sabiduría, pues son conocedores de la calidad expuesta en estos textos, nos darán el OK.

Por mi parte, queda el agradecimiento a los organizadores del certamen, al resto del jurado,  a los ganadores y a todo quien ha participado, pues han conformado un conjunto literario maravilloso, un  conjunto que ha devenido en una verdadera obra de arte.

Por la Paz del Mundo, Por el Amor, Por la Vida, Por nuestros Niños y Ancianos, Por la erradicación del Hambre Mundial, Por los Sueños, Por encarcelar la Corrupción, Por Trabajo para Todos, por la Igualdad del Ser Humano. Por todo ello, rezo a Dios. ¿Me acompañas?

Un abrazo enorme de confraternidad. Gracias por acompañarme.

G. M.  Galliano

Mail de contacto: culturayarteenrmc@gmail.com

 

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