Ventana al mar

El mundo en que vivimos

Por Enrique Córdoba

El escritor no es como un médico que anda con un recetario para resolver los males. Nuestra labor es la de exponer lo que vemos.

La opinión vino la semana pasada de Antonio Skármeta, reconocido escritor chileno, ganador del Premio de Novela Planeta-Casa de América con Los días del arcoíris. El oficio de los periodistas, en efecto, también nos lleva a meter las narices en todas partes y así nos asomamos a tantos desechos de la sociedad que terminamos convertidos como Grenouille, el protagonista del libro El perfume, de Patrick Suskind, en descubridores del mundo a través de los olores.

“Ojalá yo tuviera los salarios, subsidios de retiro, prestaciones y demás beneficios que tienen los legisladores, comisionados, alcaldes, lobbistas, policías, bomberos y otros empleados del Condado y de la ciudad. Si fuera así no me afanaría por los asaltos a los dineros públicos”, oí que gritó un cubano que vende cocos en una carreta a otro, mientras conversaban en una acera de la Calle Ocho.

Yo salí de ver la exposición “Palabras pintadas” de Zoé Valdés en Unzueta Gallery y pasé adonde Agustín Gainza quien me enseñó unas pinturas de “La china”, “El teatro Shangai”, “Yarini” y “Luján en el malecón”, de la serie “Los misterios de La Habana” basados en el libro del mismo nombre de Zoé. Al exalcalde Carlos Alvarez, el administrador del Condado Miami-Dade George Burgess, los comisionados y otros empleados que negociaron la construcción del estadio de los Marlins en condiciones absolutamente favorables para los dueños del equipo de béisbol, no les importa que además de otros perjuicios ahora nos digan que debemos pagar impuestos sobre el edificio del estacionamiento donde ellos y otras figuras públicas tendrán espacios gratis y de privilegio.

Qué puede sentir ese vendedor de cocos y otros miles de ciudadanos que tienen que salir a trabajar por 7 dólares la hora –si es que encuentran dónde– para sobrevivir, cuando esta gente se entera de casos como el siguiente: Desde el 2003 hasta que renunció el 23 marzo del 2011 el salario de George Burgess aumentó un 77%, en uno de los condados en ruina de todo el país. A pesar de que abandonó su puesto de trabajo por cuenta propia, Burgess tiene derecho a “compensación por despido” según su contrato de trabajo.

El paquete de compensación y beneficios que se llevó fue como sigue: $326,340 de indemnización por un año de sueldo base; $22,000 de compensación diferida; cobertura médica y dental para él y su familia hasta que cumpla 65, bajo el Programa para Empleados Selectos; $79,892 en tiempo de enfermedad sin usar; $78,777 en vacaciones acumuladas; $3,000 mensuales para gastos, durante el período de indemnización de un año; $600 mensuales para gastos de automóvil; $10,000 en beneficios ejecutivos anuales; $8,000 en pago final del 2012, primas de póliza de seguro de vida y de discapacidad.

No creo que Burgess con sus pretensiones, ni Carlos Alvarez, ni los comisionados que aceptaron este despropósito, y otros cargos como la colección de vicealcaldes con la que nos resultó Carlos Giménez, piensen en la crisis que vivimos y reflexionen sobre la irresponsabilidad con la que despilfarran y manejan los dineros que salen de nuestros bolsillos.

Con cientos de salarios superiores al propio salario del presidente, Miami-Dade –un condado tan pobre y que no atrae industrias por su atraso– está condenado al desastre; a pagar la nómina, las enormes prestaciones y a olvidarnos del mantenimiento y de nuevas obras.

Las escasas ideas luminosas de los tres o cuatro políticos bien intencionados que expresan su compromiso de trabajar con buen juicio se pierden en este apestado mar de falsedades, malos negocios y corrupción por doquier.

Los únicos que declaran que las cosas van bien son los propios politiqueros que se acostumbraron a vivir en esta mediocridad.

Necesitamos con urgencia servidores públicos, no aprovechadores públicos.

 

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