Cultura y Arte

Invitados…

Hoy con Ana María Fúster Lavín

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Por Gustavo Marcelo Galliano

Ana María es una leonina nacida en San Juan, Puerto Rico, en 1967. Escritora, con estudios de maestría en Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, y una segunda especialización en música.

Escribe desde un balcón de olas y poesía junto a su hijo Miguel, esquina con un callejón de historias, seres anónimos que vienen y van, y ansía recuperar sus historias, inventarlas y narrarlas.  También realiza labores editoriales; redactora de textos escolares y correctora legal, traductora, y ha sido corresponsal de prensa cultural, además de columnista de distintos periódicos de Puerto Rico. Sus textos han sido publicados en el semanario Claridad (del cual fue columnista), El Nuevo Día, Primera Hora, El Vocero, y en diversas revistas y antologías de Puerto Rico, México, Estados Unidos, Uruguay, España, Argentina, Suecia, Francia e Italia.

Ha obtenido diversos premios internacionales en ensayo, cuento y poesía. Sus cuentos y poemas han sido traducidos al inglés, portugués e italiano (en antología Scommetto che madonna usa i Tampax. Ed. Estemporanee) así como en la prestigiosa colección de literatura infantil Dienteleche (de autores cubanos, dominicanos y puertorriqueños). Además fue coeditora junto a Uberto Stabile de la antología (Per) versiones desde el paraíso, antología de Poesía Puertorriqueña de Entresiglos (Rev. Aullido, España, 2005).

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Libros publicados:

– Verdades caprichosas (First Book Pub., 2002), cuentos, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña; Réquiem (Ed. Isla Negra, 2005), novela cuentada, premio del PEN Club de Puerto Rico; El libro de las sombras (Ed. Isla Negra, 2006), poemario; Leyendas de misterio (Ed. Alfaguara infantil, 2006), cuentos infantiles; Bocetos de una ciudad silente (Ed. Isla Negra, agosto 2007).

Posee cuatro poemarios inéditos: El jardín de la dama duende, El alma en fuga, El Eróscopo y El cuerpo del delito.  Está trabajando en su primer novela. Ha sido invitada especial de Syracuse University para dar recitales y publicar en su prestigiosa revista bilingüe Corresponding Voices, y delegada puertorriqueña en la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo. Es considerada una de las narradoras más importantes de Puerto Rico, se destaca por sus temas urbanos, el humor negro y lo gótico caribeño. Su poesía posee una marcada sensualidad y erotismo femenino, además de ser altamente comprometida.

Sus múltiples facetas también le permiten dedicarse tiempo para regocigarse con sus peliculas favoritas: El lado oscuro del corazón,  No te mueras sin decirme a dónde vas,  Hable con ella,  Matador,  El laberinto del fauno,  Cinema Paradiso,  Mediterráneo,  Il Postino, La Vita é bella,  Belle Epoque,  Dracula, Mar adentro, y tantas otras. Y por supuesto, no puede faltar su música: Heavy metal,  hard rock,  música clásica (Mozart, Bach) opera, Roy Brown, Serrat… una verdadera catalizadora de ritmos, que le permite expandirse y crear.

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Ana María disfruta seduciendo desde el misterio:

“Comencé a disfrutar los misterios de los libros, desde muy pequeña, mi madre y mis abuelos maternos (que vivían en España, eran lectores voraces, además mi abuela Hortensia era poeta lírica, aunque nunca llegó a publicar), me llevaba a escondidas los libros de la habitación de mis hermanos.

Y así como el Quijote que de tanto leer enloqueció, sucedió la magia.  Compenetrar la imaginación, las vivencias personales y el mundo de los libros, tenía que explotar por algún lugar. Muchas noches siendo adolescente me sentaba a contarles historias a mis vecinas, y ya estando en la Universidad empecé a tomar conciencia de escribir como vocación, como forma de vida y ya es inevitable escribir para vivir, y vivir para escribir.

Me  siento aprendiz del oficio, crear mundos paralelos tan terribles, tan divertidos, tan pesadillezcos y tan sensuales como el nuestro. No tengo pretensiones de ganar grandes premios, no escribo para eso, sería perder de perspectiva el placer de la creatividad. Mi relación con la literatura es verdaderamente orgásmica. Puedo sentirme bajo una lluvia de versos, amar a Pessoa, a Neruda, Julia de Burgos o Alejandra Pizarnik con la misma ilusión, que hacerme cómplice o voujerista de García Márquez, Poe, Cortázar, Luis Rafael Sánchez o Saramago”.

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Y luego permíte que sus textos nos envuelvan…

ERÓSCOPO:
Somos los seres del grito,
jadeando desnudeces bajo la luna
repitiéndonos en el mundo,
sombras sobre sombras,
multiplicándonos,
renacemos una y otra vez
sin vendas en los ojos
labios y lucha
sexos y libertad
en la orgía de los sueños
las verdades en cuerpo de palabra
polvo sobre polvo
polvo enamorado.

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OFICIOS DEL OTOÑO
“Amo mi oficio crepuscular
de encender almas
y verlas extinguirse”,
Carlos Roberto Gómez

Sucede algunas veces que el espejo no  miente,
que las arrugas recuerdan octubre;
cuando caen los pliegues como las hojas
y las tormentas son silencios húmedos de presagios.

El Patriarca también llegó a su Otoño,
una bruja lo asiló en su vejez,
previo a la muerte encadenada de otro héroe;
quizás Buendía, Ojeda, Albizu,
o, tal vez, uno anónimo y pobre.

Todos podemos ser como no ser,
como pretender que nunca fuimos:
un él aspirando a ser presidente: aspiró y expiró;
una ella tan sólo deseó ser libre: desnudarse y poseerse;
finalmente se pretende lo que se puede.

Sucede que mis dedos resbalan arrugas al final de las pisadas,
y  recuerdan el suicidio,
así como los daños colaterales
del amor, de la locura y la muerte
pues mi oficio consiste en “encender almas y verlas extinguirse”.

 

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ARDIENTE PACIENCIA
a Pablo Neruda

Cien años, querido Pablo,
y aún “el viento de la noche gira en el cielo y canta”
son tus manos amasando versos de vida
horneando la paz de la justicia y la dignidad
cuando la tierra chorreaba la sangre hermana
y tus poemas redimían tantos dolores:
dolor y desamor
dolor y envidia
dolor y muerte
dolor y carroña.

La injusticia hiede, lo sabías, es la hiena del poder;
aún así, tus dedos parían tantos sueños,  tanto amor…

Nuestras palabras adelgazan, poeta,
como las huellas de un chango sobre el fango
o como tus gaviotas en las playas.
Y en la soledad de los silencios esperamos,
con esa ardiente paciencia, o el conjuro de Rimbaud:
una cópula loca de esperanza y lucha
un poema de paz e igualdad
o que pare de llover sangre sobre tantos hermanos.

No te rendiste,
las goteras de la noche
repiten tu nombre y apellido.
Te recuerdo, te presiento, te sigo…
Y vuelvo a amar,
a sentir la música de mi amado amante,
a besar los versos más íntimos esta noche,
a fundir los glaciales de la apatía social,
a recuperar la fe en esta isla nublada.

Cien años, querido Pablo,
no, tu poesía no cantó en vano
aún “el viento de la noche gira en el cielo y canta”.

 

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EL ALMA EN FUGA

“Todo estático,
menos la sangre mía y la voz mía,
y el recuerdo volando.”
Julia de Burgos,
Velas sobre un recuerdo.

Inicio mi exilio,
acurrucada entre mil recuerdos
mi vientre y la luna,
la soledad y los sonidos del silencio:
todos son relativos a la luz.

Avanzo despacio,
sin desiertos ni avenidas
las calles se abandonan a mi paso;
mi geografía sigue encadenada a la oferta y la demanda.

La muerte está lejana, tampoco la temo;
mis manos sobreviven descaradas de palabras
y desde otro naufragio de lunas recojo las letras
pues siempre hay rastros de poesía
hasta en el instante de la huida.

Selene, hambrienta deseos apalabrados,
busca la luz de otros tiempos, o ¿del nuestro?,
la flor de un calendario, o un nuevo mapa,
tan sólo arranca pétalo a pétalo hasta la última hoja.

Allá en la cercana lejanía
un volcán incinera las pesadillas,
mientras el faro marca el horizonte;
queda un mes para decir si hay vida o retorno
allí donde el sol sorprende a la soledad
hasta deshojarla de miedos
cuando el capullo se abra ante el milagro del niño que ya es hombre,
se asome al mar, hidrate sus labios
y pueda gritar versos sin cadenas
el amor del poeta
un parto de gorriones
o la libertad de una isla.

 

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DESDE EL DESIERTO DE LAS SOMBRAS

Estoy en el desierto de las sombras:
aquí, la muerte serena tomó café junto a mi reflejo,
una niña observa,
sólo queda la dorada huella de sus pies sin cuerpo
desde su boca de lágrimas navega el mar de los exilios.
Creí soñar con su mirada,
con sus manos al cielo, tan pequeñas,
que acurrucaron mis dolores y sonreían en mi aliento
danzar quise junto a su recuerdo,
pero, como siempre, huye.

Aquí, la noche es una ventana hacia el abismo.
Me asomo, me falta el aire
y un abandono de silencios duele en el alma
y la venganza es un eclipse de miedos deshabitados
Sigo aquí, aunque la soledad me hace el amor cada mañana…
no tengo miedo,
los minutos me aman en las noches.

Mi diario sobrevive con arena y versos ajenos;
secretos de nuevas risas, espejos y caricias.
Pero a página llega a su fin,
y pretendo morir bajo el árbol de su nombre de niña perdida
porque talaron hasta la última primavera de una ciudad sin cuerpos.

Recuperé la voz en el desierto de las sombras
fue tarde, demasiado tarde…
Mis palabras peregrinaron tras las huellas de sus ojos,
respiró el aire de mi sombra alejada en otro eco
y es que el tiempo jugó a la ruleta con un pirata,
muriendo sangres de manantiales deshidratados
y así como el poeta, tampoco me quedan muertes para nacer,
sólo unas cuantas botellas vacías y la espera…

 

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BOTELLA 1

Puedo huir del vacío
de los días sin rostro
las calles anónimas,
o de un manual de mentiras encadenadas.

Navego hacia mi silencio.
la soledad comienza a oscurecer

 

y la palabra ilumina mi sombra.

 

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BOTELLA 2

La noche ilumina otro verso;
oculta la sombra de los miedos.
Como una carrera de hormigas locas,
la palabra fluye se inventa y reinventa,
se sumerge y emigra a través de una botella
que navega por los mares del tiempo…
Siempre podemos ser infinitos.
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BOTELLA 3

La palabra se liberó,
las cadenas llovieron alas
y aquella lágrima distante besó un arco iris.

Pudimos cobijarnos bajo el árbol de la vida,
renacer de nuestra luz propia.

 

El escribiente sonríe.

 

Una noche es clave de nuestra eternidad.

¿Amanece?
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DESPEDIDA
A Carlos Roberto Gómez y Miriam Beras

A veces el adiós es una paloma
plusvalía que vuela desde el recuerdo hacia la sangre
hacia la puerta abierta de un niño
que sonríe a su mamá,
y sueña con ser malabarista, maestro,
amigo de todos los duendes y estrellas,
o editor de palabras entrelazadas bajo su almohada;
finalmente prefirió ser poeta.

Otras, las más, el adiós es lágrimas, plata, luna
estira la mano para acariciar el crepúsculo:
y ese adiós aquí no es duelo en la noche oscura del alma
sino el oficio de amar que nos golpea constantemente:
amar amante, amar los versos, la palabra,
amar a la madre que nos enseñó a amar.

Tantas veces ese adiós se nos aferra al alma
nos revela los silencios y a sus sombras;
hoy acompaña al poeta por un laberinto de islas
hasta los pliegues inevitables de los años
y lo sorprende con un abrazo inesperado de realidades.

El niño se ha hecho hombre,
se cayó, se raspó la rodilla, también el corazón
pero él se levantó una y otra vez;
la madre poeta, poeta mujer, siempre sonrió,
es del poeta su espejo y destino,
celebrando los calendarios, el mar y la ruta…

Ahora, toca despedirnos
reafirmados en el beso peregrino de la lluvia
bajo la escarcha de la luna y la amistad
en ese viento de la noche que gira en el cielo y canta ,
pues la piel, la palabra, la lucha, los sueños son paloma
y el adiós es plusvalía, hasta luego,
que la madre siempre acompañará al poeta.

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AIRES NAVIDEÑOS

a mi hijo Miguel

Ya se sienten los aires navideños: los shoppings llenos, el usual compra-compra, las decoraciones en los balcones, las marquesinas, el tecato tocando los palitos en el semáforo: alegre vengo de la montaña… Todos en la oficina parecen locos, cantan, ponen arbolitos en los escritorios, guirnaldas en las puertas, cancioncitas insoportables y hasta tratan de rebajar a última hora para que les sirva el vestido de la fiesta, para verse sexys, aunque luego engorden el doble antes de las octavitas, entre morcillas, coquito, pasteles, lechón, arroz con gandules, arroz con dulce y quién sabe cuántos tributos más al colesterol y la grasa.

En fin, otro año más para deprimirme. Jolgorios, bebelatas, los petardos, compartir con quienes no quiero ver el resto del año. ¿Qué tengo que celebrar? El año pasado inesperadamente me abandonó mi marido, la editorial me devolvió el manuscrito de mi novela, dizque no tienen presupuesto, me siento gorda, no soporto el tedio laboral; además, perdí par de proyectos creativos y mi cuenta bancaria está en declive, por lo que tenía mi mente más ocupada en cómo pagar el preescolar de mi pequeño y en no sé cuántas desgracias que me tiene acorralada en una miseria existencial, que en las charradas navideñas.

Llegando el 10 de diciembre, y después de los acostumbrados líos matutinos, salí con mi pequeño para llevarlo a su escuelita y luego seguir a mi rutina laboral, a mediodía acudiría al llamado consumista con mis compañeras de oficina para comprar los regalos familiares y gastar el bono el mismísimo día que lo recibimos.

—Mamá, Santa Clos me hizo así.— Dijo mi hijo desde su carseat, sonriente y haciendo un tierno gesto manual del saludo.

— ¿Sí? ¿Cuándo?

—Con abuela, en Plaza Las Américas. Santa Clos tiene gafas como papá y una barba.—Siguió contándome muy animado.

Me sentí contenta hasta que llegamos a la escuela, disfruto mucho con mi pequeño acompañante, pero el momento de regocijo quedó interrumpido cuando la maestra me explicó que mi nene tenía que vestirse de árbol de Navidad. ¡De árbol de Navidad! Sólo tiene tres años y ya pretenden que se convierta en otro monigote de un shopper de megatienda o en un bobote cursi. Le sonreí con escepticismo y miré a mi pequeño con ternura. Mamá te busca temprano.

— ¡Cuánto odio las navidades!—Dije al montarme en mi guagua y me dirigí por la parada 18 de Santurce hacia mi trabajo. Pensaba en el presupuesto para los consabidos obsequios y en todo el trabajo que tenía acumulado en mi escritorio, cuando algo inesperado me sacó del letargo. Sentí un escalofrío que me deslumbró de momento y no me di cuenta del cambio de semáforo.

Me saluda, ¿a mí? pero… Un hombre famélico, muy sucio, vestido de papá Noel, me saludaba con la mano, sonriendo con no más de tres o cuatro dientes. Murmullaba algo y chocaba contra el cristal de mi ventana un vaso de cartón de uno de los fast foods cercanos. No suelo darle dinero a los vagabundos de las luces, pero aquel quijotesco Noel me inspiró piedad, qué diantre, es Navidad. Busqué en mi cartera y saqué par de pesos.

—Tome señor y Feliz Navidad.— Le dije.

El paupérrimo “Papá Noel” no dijo nada, su mirada estaba perdida hacia mí y murmullaba los aires navideños no tienen oxígeno, nadie se da cuenta. Miré el reloj de mi celular y pensé que se me iba a hacer tarde para llegar al trabajo, ¡con lo puntual que soy!

—Oiga, tome el aguinaldo, que tengo algo de prisa. ¿Se siente bien?—Le dije, pero nada, seguía repitiendo aquellas palabras y comencé a sentirme nerviosa.

—Mire, estaciono mi carro allí al lado y llamo a la Policía para que lo ayude, que tengo mucha prisa, o si quiere le pido un taxi para que lo lleve al dispensario. Quiero ayudarlo.— Insistí, pero el hombre seguía sin contestarme, mi paciencia social muchas veces se quiebra más durante mis usuales crisis cíclicas de las que mis amigos conocen suficiente, y en esta época más, pero afortunadamente mis años de maestra y la maternidad han abonado a acumular puntos de paciencia. Respiré profundo y le volví a extender el dinero, siquiera lo miró.

—Señorita, es muy joven, no deje que la vida pase por usted sin vivirla. Los aires navideños pueden ser o no ser, queda de uno tan sólo sonreír más allá de las sombras y buscar la estrella propia que ilumine el camino.— Me susurró el sexagenario vagabundo y me mostró una mellada sonrisa, tomó los dos pesos y se fue tarareando son los aires navideños. Lo miré confundida a los ojos, de momento pude ver toda su humanidad acumulada en aquel disfraz de dolor, o quizás de esperanza.

—Señorita, ¿tiene algún problema.—Me dijo un policía asomado a mi ventana, y le contesté en la negativa y que seguiría mi ruta.

Las bocinas de los carros comenzaban a ensordecerme, cuando encendí de nuevo la guagua. Volví la vista atrás y aquel abandonado Santa Clos me hizo un gesto de saludo con la mano, pensé en mi pequeño hijo y en lo que me había contado ilusionado con el del centro comercial, suspiré, al volver la vista, el hombre ya no estaba por ningún lado.

Así continué la marcha hacia mi oficina, me sentía inquieta y pensaba en las palabras que me había dicho aquel vagabundo, sin darme cuenta ya estaba en el estacionamiento de mi trabajo; apagué mi vehículo y recordé el trabajo acumulado, a las compañeras, sus suplicios con las dietas para que les sirva la ropa del party, las compras navideñas a mediodía, sus canciones festivas… Me asomé a la puerta y las ví decorando la oficina y riéndose. Ya no me parecía una hipocresía, tienen derecho a vivir con intensidad cada momento en la vida, aunque los rituales navideños no sean para mí. Yo sé qué es lo que me llena de satisfacción además de escribir. Respiré profundo y regresé a mi guagua y me dirigí al preescolar de mi hijo, necesitaba pasar el día con él. Cuando llegué me hizo el saludo con la mano, así como su Papá Noel, como mi vagabundo. Me bajé del carro y le dije a la maestra que me iba a llevar a mi pequeño.

–Miguel, nos vámonos a dar un paseo.— Le dije y me dio un abrazo. Así olvidé que mi año había sido un desastre, que mi cuenta bancaria convulsa, que me molestan los jolgorios que no entiendo o no comprendo. Necesito sonreír a mis sombras para ahuyentarlas y encontrar mi estrella.

—Feliz Navidad, mamá, te quiero mucho.-

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CALLEJÓN ANÓNIMO

Me desvelo con esa sensación de la “nada silvestre”. Puedo aventurarme, sin saber por qué, a deambular come el callejón. Santurce se perversa y hace anónimo en las madrugadas. Perdí mi nombre y tomo un cigarrillo a mitad, todavía tibio, en una cuneta sin palabras, de un fuego sin llama, de pulmones grises sin humo y la caneca sin marca. Busco una historia, pero las letras duermen. Mis manos tiemblan, quizás temen regresar al papel en blanco, o a las ideas de un escritor que lismosnea versos, a mi rutina amanecida, y verdaderamente les aterra regresar a la casa y hacerle el amor a un hombre sin rostro sobre mi cama. El sexo sin verbos atrofia mis adverbios. Sin embargo, termino mi catarsis de nicotina, regreso al hogar antes de que salga el sol, que las ideas bostecen, mi amante recupere la voz, o las sombras del callejón recuperen su nombre, pues mis pasos se llenarán de letras y me disecaré ante la palabra.

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Y al despedirse, con una sonrisa cómplice y delatora nos deja su FRASE FINAL:

“Escribo desde una ciudad silente
que me preña de historias,
de sombras, de misterios y alas
para soñar la palabra”.

 

Ana María:
Gracias por tu alegría, por tu pasión,
tu desenfado  y  erotismo;
Por quitarte la coraza un momento
y  entregarnos el mágico vuelo de tus letras.-

 

GM Galliano

 

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