Ventana al mar

Los locutores

Por Enrique Córdoba

El hombre se las arregló para entrar a la oficina esa mañana mientras la señora del aseo barría el piso. Al verse frente al gerente de Radio Caracol en sus oficinas en Bogotá, le pidió al ejecutivo que le diera un empleo.

–No. No, hombre, no hay trabajo –le respondió.

–Póngame a hacer algo –le insistió el desocupado.

Al verse perdido buscó en su cabeza una última carta y se la jugó:

–Doctor, yo estoy dispuesto a hacer lo que sea, deme cualquier trabajo… aunque sea de locutor.

La anécdota me la contó hace algún tiempo mi colega Eucario Bermúdez, quien fue presidente de la cadena Caracol de Colombia.

Claro que el pasaje tiene mayor ofensa para la profesión si transportamos la imaginación a aquellos días en los que para clasificar y llegar a hablar frente a un micrófono se requerían muchas cualidades.

Un gran nivel de educación, dicción, buen timbre de voz, capacidad de improvisación y buena relación con el lenguaje. Algo más: impecables condiciones humanas, un hombre probo. Era alguien que se mostraba, y al estar en una vitrina debía acreditar distinción y rectitud. Los locutores de voz engolada y rítmica eran un mito de mil caras. Como no se ven, debido a que trabajan encerrados en una cabina, cada radioyente crea un locutor a imagen y medida de su imaginación. Les dan caracteres y perfiles diversos: acertado, amable, alegre, ácido, alcohólico, burdo, bigotudo, buen mozo, culto, cariñoso, calvo, disoluto, distante, Don Juan, entusiasta, elegante, flaco, gordo, juvenil, mal trajeado.

Los locutores leían las noticias pausadamente y con un toque de solemnidad. No improvisaban ni decían tonterías. Los comentaristas también llevaban escritas sus notas.

Uno de los locutores más importantes de Colombia fue el ex presidente Alberto Lleras Camargo, cuyas intervenciones por la Radiodifusora Nacional de Colombia son muestra del buen hablar en la radio.

Copias de las emisiones de la CBS Radio desde Nueva York que me permitió escuchar Jaime Rico Salazar, coleccionista de Medellín, autor de la investigación titulada Cien años del Bolero, evocan destellos de una época.

Cuba era la mata. Las señales de CMQ y RHC Cadena Azul llegaban como si fueran emisoras locales de Cartagena y pueblos cercanos. Por esa razón lo que sucedía en Cuba se sabía al instante en el litoral de Colombia y Venezuela. Radionovelas como El Derecho de Nacer, de Félix G. Caignet, se escuchaban en mi casa religiosamente porque hacían parte de la agenda diaria de mi mamá. Por esa razón me emocioné y no lo podía creer cuando llegué a Miami –hace 25 años– y escuché de nuevo, esta vez en Radio Mambí, una de las voces más bellas y encantadoras de la radio. Aquella voz de la mamá de Albertico Limonta, con la que familiaricé en mi adolescencia corresponde a la misma voz de Martha Casañas, una de las leyendas femeninas de la radio hispana de Miami.

Para tener idea del desarrollo de la radio en Cuba basta decir que en la década del 40, mientras Buenos Aires con dos millones de habitantes tenía 18 emisoras, La Habana con medio millón de habitantes contaba con 42 emisoras de radio.

Una noche, ya era yo un muchacho de 12 años, prendimos la radio con mis amigos en Lorica, mi pueblo, y en lugar de escuchar la voz del gigante Manolo Serrano, Brito, Ortega y Salazar entraba la señal de Radio Habana Cuba con el jingle “desde Cuba, territorio libre de América”. El resto es cuento, como dice el compositor cienfueguero Rolando Membiela.

Con la evolución de los medios de comunicación, las nuevas tecnologías y las exigencias del mercado y el mundo del siglo XXI, todo ha cambiado.

La información era un servicio, hoy es un negocio. Más que respeto por el oyente y el valor del contenido en el mensaje, se impone lo cursi, mediocre y vulgar.

Lo único que no cambia es el emblema de Scalfari: “Periodista es gente que le dice a la gente lo que le pasa a la gente”.

 

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